domingo, 14 de junio de 2015

Cantar de los Nibelungos

39 cantos componen uno de los cantares de gesta más celebrados de todos los tiempos. El Cantar de los Nibelungos, mezcla de relato épico, recitado o cantado por los juglares de la época, y poema amoroso de trágico desenlace, supone un clásico de la literatura caballeresca medieval que, de tener alguna actualidad hoy en día, más allá de su evidente finalidad recreativa, será precisamente la necesidad que tiene nuestro mundo de recordar a los grandes héroes del pasado, ya sean reales o literarios. 


Dos partes claramente diferenciadas dividen el cantar de gesta más famoso de la nación bávara. El poema de Sigfrido, que abarca hasta la muerte del héroe, y el relato restante, que comprende la posterior venganza de Krimilda. Llama la atención en primer lugar que un relato de caballerías, de corte mitológico, consienta la muerte de su héroe tan pronto. De modo que la dama herida se convierte en la verdadera protagonista de una tragedia de aires clásicos, inserta en este caso en los albores del siglo XIII, época dorada para la Cristiandad. Por eso el ambiente que respira el relato está impregnado del amor cortés que florece por entonces en la literatura de la época, y de la cultura feudal y los lazos propios a los que obligan las relaciones de vasallaje. 

En seguida se pone de manifiesto en el Cantar de los Nibelungos por ejemplo la importancia del amor y la sublimación a la que es sometido éste en la literatura propia de la época, sin que el autor anónimo del relato (seguramente un aedo austriaco) prescinda del todo de una visión realista: «Si alguna vez tu corazón conoce la dicha de este mundo, ello será por el amor de un hombre», dirá una de las mujeres de la mítica historia, siendo respondida precisamente con ese amargor propio de quienes no han perdido completamente el seso por las mieles del amor romántico: «A muchas mujeres les ha ocurrido a menudo que el amor lo hayan tenido que pagar al final con dolor». Una frase de enorme grandeza y al mismo tiempo de resonancia profética. El gran responsable de que se desarrolle esta tragedia, sin embargo, casi nadie lo imagina. Se trata de Gunter, rey de Borgoña y hermano de Krimilda. Él abre las puertas del abismo para que caiga un diluvio de desgracias sobre su reino al pretender —¡fatal error!— a la mujer equivocada. De Brunilda dirá uno de los personajes de la tragedia unas palabras durísimas: «en verdad podría ser muy bien la novia del enemigo malo en los infiernos». Cualquiera, aquí sí, percibe la alusión al demonio. Así pues, el deseo irrefrenable de un rey (o gobernante) nefasto, cuesta la desolación de un reino y las vidas de muchos amigos y hermanos. ¡Quién pensaría que el amor pudiera ser también engendrador de desgracias y muerte!

Pero no está exento ni mucho menos el Cantar de los Nibelungos del verdadero amor que todo el mundo espera y anhela. Sigfrido aquí es el supremo modelo de virtudes. Su amor por Krimilda es tan puro que conmueve, tan virtuoso que saca a la fuerza los colores de las parejas de enamorados del tiempo presente. De noble linaje, próximo a la divinidad incluso, consciente del código de caballerías, al que se somete y respeta, de grandeza incomparable y cruel en la batalla (pues en la guerra no valen melindres), Sigfrido se erige en un héroe semidivino por el que Krimilda —doncella en todo ideal— será capaz de desencadenar una tormenta sangrienta.

Krimilda, en efecto, pierde su ejemplaridad al consumar su venganza, aliada con Atila en un anacronismo espantoso. Pero su figura arrolladora, de magnitud trágica, a pesar de todo puede enseñarnos mucho. Primero sobre nosotros mismos. Y después acerca de nuestras urgencias. Necesitamos, por un lado, héroes que nos rescaten de multitud de villanos, en su mayoría actores que nos influyen con la cara cubierta. Pero también nos interpelan, por otro, esas figuras de tan alto nombre y corpulencia. Su ejemplo es en realidad una invitación a cada uno de nosotros a convertirnos en pequeños héroes cotidianos, héroes anónimos junto a los que nuestros familiares, parejas y amigos puedan sentirse confiados y seguros, elevando la decencia y la fidelidad a las más altas dimensiones; y luchando con Dios si es preciso para robarle las gracias necesarias para esculpirse uno mismo en ese adalid doméstico, silencioso y discreto, hasta que de la riña con Dios —emulando a Jacob y el ángel— salten «centellas de los anillos de la malla como polvo empujado por el viento».


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