martes, 24 de noviembre de 2015

Macbeth de William Shakespeare

Shakespeare es el poeta y dramaturgo inglés más universal de todos. Las obras de ningún otro autor han merecido tanta atención por parte del cine, y ha existido siempre unanimidad en reconocer al bardo como uno de los genios literarios más importantes de la humanidad. Sin embargo, sus textos interesan hoy casi exclusivamente a lectores cultos, hombres y mujeres de gustos refinados, aunque sus representaciones teatrales fueran seguidas a la sazón por las capas populares. Macbeth, sin ir más lejos, es una de sus cimas dramáticas. En esta obra el genio inglés se supera en su esfuerzo de síntesis, y ofrece, de paso, algunas de sus más altas palabras sobre la vida y la muerte.


Macbeth se escribió casi con toda seguridad en 1606. Consta una representación de la obra en 1611, y también que no fue la primera vez en ser llevada al teatro. El argumento, conocido seguramente por muchos lectores de La Cueva, es sencillo y lineal. Pero precisamente esta simplicidad contribuye a que el lector se horrorice con la maldad del protagonista, que caminará hacia su propia ruina sin saberlo, pues cegado por la ambición, y el influjo maligno de su diabólica mujer, será capaz de cometer los crímenes más infames.

Me parece oportuno recordar las palabras del viejo que habla con uno de los nobles fuera del castillo, porque situadas en el dintel de la obra, revelan la dimensión de este oscuro drama: «Puedo recordar bien setenta años: en el alcance de ese tiempo, he visto cosas terribles y cosas extrañas: pero esta noche atroz ha dejado insignificante todo lo que conocía antes» (Acto II, Escena IV). Shakespeare cuajó todas sus grandes tragedias usando como combustible de sus historias los principales vicios universales: codicia, celos, ambición... llevándolos al extremo y la sinrazón, conformando así dramas tremendos de inmortales ecos.

Pero hay una diferencia esencial de esta obra con respecto a las tragedias clásicas de la antigüedad. En Macbeth no es el destino inexorable el que aplasta a los personajes, que, como veletas movidas por un huracán, soportan su suerte, sin dejar de actuar, de acuerdo a las obligaciones que asumen libremente, pero con su libertad fuertemente condicionada. Aquí no. Shakespeare cuida con exquisito tacto la naturaleza moral de su protagonista, salvaguardando en todo momento su libertad, para mostrar de esta manera la monstruosidad de sus acciones, sin justificación posible. Ciertamente el bardo traza al personaje en claroscuro, permitiendo que conserve al principio un margen de humanidad. Para que pueda verse en él, más tarde, hasta qué punto sus decisiones lo han ido envolviendo en un manto de tinieblas y sangre. No en vano dirá el propio Macbeth de su alma que está llena de escorpiones (Acto III, Escena II).

Es esta tragedia por tanto una obra moral, donde se explora los límites de la inmoralidad y la oscuridad misteriosa e impenetrable del mal. Hay que decir no obstante que ciertas fuerzas extrafísicas o sobrenaturales, como son las Hermanas Fatales (o brujas), salen al encuentro de Macbeth y hacen posible la desgracia. Cabe preguntarse entonces qué hacen ahí esas mujeres funestas. ¿A cuento de qué salen al encuentro de los generales del ejército del rey Duncan, Macbeth y Banquo? ¿Y por qué se dirigen sólo a Macbeth? Da la impresión —aventuro después de haber meditado durante años esta circunstancia— que Shakespeare cree en fuerzas maléficas que, además de tentar, arrastran a los hombres hacia su propia ruina cuando éstos las llaman de alguna manera. 

Macbeth abre una puerta que no debe abrir precisamente al consultar sus hados a través de la brujas. Qué hacen ahí éstas es un enigma. Shakespeare va más allá y se plantea por el destino de algunas personas y cómo éste a veces se revela de forma engañosa para su perdición. Esto le fascina y le inquieta. No en vano la adivinación es una acción abominable a los ojos de Dios, que aparece condenada en el Antiguo y el Nuevo Testamento, y el bardo es un autor innegablemente cristiano, y muy probablemente católico. El misterio del mal por tanto le seduce e impresiona. Prueba de ello es esta tragedia tenebrosa.

La Señora Bacbeth es el mal por excelencia, poseída por una sola ambición: hacer rey a su marido: «Yo he dado de mamar, y sé qué tierno es querer al niño que se amamanta de mí; pero, mientras me sonreía a la cara, le habría sacado el pezón de sus encías sin dientes y le habría saltado los sesos, si lo hubiera jurado hacer, como tú has jurado hacer eso» (Acto I, Escena VII). Un instante antes la harpía anima a su marido a cometer el regicidio. Y la maestría de Shakespeare para expresarlo supera cualquier goce literario: «¿Querías obtener lo que consideras el ornato de la vida, y vivir como un cobarde en tu propia estimación, dejando que el "no me atrevo" esté al servicio del "querría", como el pobre gato del proverbio». Desde luego, si el gato quiere comerse al pez de la pecera, tendrá que mojarse las patas. ¡El fin justifica cualquier medio!

Sin embargo, al final Macbeth, que es ya un ser infernal, hartado de horrores, y por eso incapaz de palidecer ya por ninguno de ellos, descubre que lo que su ambición perseguía se le esfuma de las manos al ser asaltado su castillo, y que las brujas, fuerzas del mal a las que dio crédito, le han jugado una mala pasada. Sólo entonces, en un instante de lucidez, Shakespeare le hace decir una de las verdades más grandes que ha dejado escritas en sus obras: «La vida es sólo una sombra caminante, un mal actor que, durante su tiempo, se agita y pavonea en la escena, y luego no se le oye más. Es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, y que no significa nada (Acto V, Escena V).

¿Acaso no reina en el mundo la mentira, la hipocresía y la frivolidad? ¿Somos lo que nuestra imagen dice de nosotros? ¿Nuestros deseos y aspiraciones tienen sustancia real? ¿No somos en realidad esas sombras caminantes movidas por la vanidad? Cada vez se abren paso en mí con más voluntad las reflexiones de estas grandes obras, las ideas de los cartujos, los sermones de Savonarola, la palabra revelada en el Eclesiastés, pues vanidad es en el fondo todo bien material. Y de ellos proceden, por cierto, los miedos y la infelicidad.


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