lunes, 13 de febrero de 2017

Juana Tabor y 666 de Hugo Wast

En la presente era virtual, donde casi todo es artificial, incluso el lector más descuidado encuentra paralelos entre las distopías más populares y la realidad actual. Muchas de las intuiciones de Orwell, Huxley o Bradbury se han consumado en nuestros días, aunque sea imperfectamente. Pero cualquiera de estas obras, por muy conocidas que sean, carecen de la clave religiosa, un elemento, en efecto, que les hubiera hecho presentar un escenario futuro mucho más temible y concreto.

Por eso la vaguedad de las anteriores obras mantiene en su ignorancia al lector profano, que en vez de acercarse a obras verdaderamente valiosas para descifrar el signo de los tiempos, restringe su conocimiento, en el mejor de los casos, a unas cuantas ficciones de naturaleza política. Tienen los lectores profanos sin embargo una disculpa, y es que los autores que mejor han afinado su bola de cristal son escritores proscritos a los no conoce casi nadie. Me refiero por ejemplo a Hugo Wast, Malachi Martin (El último papa) o Vladimir Soloviev (Breve relato sobre el Anticristo).

Hugo Wast, seudónimo con el que el escritor argentino Gustavo Adolfo Martinez Zuviría firmó sus principales ficciones, presenta tanto en Juana Tabor, primero, como en 666, después, un panorama sombrío próximo al juicio final. El mundo de sus novelas ha entrado por tanto en la fase del final de los tiempos, que es una era mucho más sutil y diabólica de lo que sospecha la mayoría, y que está vacía de verdadera religión y absolutamente domeñada por los sofistas y la mortal pedagogía (que hace llegar noticias pero no conocimiento).

A esta sociedad secularizada de Wast sólo le preocupa el bienestar material y el puro entretenimiento. Es decir, como se ve, en los últimos días se regresa al panem et circenses. La vida, así pues, ya habrá perdido toda su hondura. Inquieta desde luego comprobar las predicciones de Wast, habiendo escrito sus dos novelas a principios de los años 40.

Juana Tabor y 666 —su continuación— son, en definitiva, dos deliciosas novelas, a pesar de tratar asuntos tan alarmantes. Resultan atractivas por su materia apocalíptica, tan apetecida últimamente, pero sobre todo por su carácter de novela de ideas y su alta calidad artística, que las hace encantadoras. Sin duda la pugna entre los frailes de la ficticia Orden de San Gregorio, fray Simón de Samaria y fray Plácido de la Virgen, resulta un deleite. Y eso es debido, en buena medida, a que la calidad literaria de las obras de Wast es muy superior a las ficciones de Orwell, Huxley o Bradbury; como también es muy superior su densidad intelectual y su altura de miras.

Una consideración final, tal vez prosaica, antes de cerrar este breve comentario. Digo que tal vez sea prosaica esta reflexión porque hace mención a un asunto totalmente vulgar y que sin embargo, me parece a mí, refleja muy bien esa sociedad de «poca religión» que describe Wast en sus novelas. No es que Wast hable de esto en ellas, sino que a mí este hecho me hace remitirme a esa sociedad vacía espiritualmente y totalmente embrutecida. Me refiero al omnipresente asunto de la comida. En nuestros días, si miramos atentamente, parece que no hablemos de otra cosa ni nos interese otra cosa que no sea comer, y comer bien a ser posible. Las conversaciones de sobremesa giran ya en torno a la comida; no es que la comida sea un medio para mantener agradables conversaciones, que es lo que ha sido siempre (una excusa para disfrutar de la compañía) sino que ella misma se ha convertido en protagonista. Más aún, hoy se pretende dar envidia a los demás a partir de la comida. Lo cual es el colmo. Hoy, decía, el vulgo no tiene suficiente con «disfrutar» de la vida, tiene que mostrar que disfruta, enseñarlo a los demás, incluso exhibiendo qué come y dónde come, como si de muertos de hambre se tratase, que no han visto un plato en mucho tiempo, y el primero que ven lo valoran como un tesoro imponderable. 

En fin, creo que está suficientemente clara la relación entre un mundo puramente material, nada más que preocupado de saciar el vientre y rodearse de lujos, y la falta absoluta de conciencia religiosa. Con el ejemplo de la comida creo que se demuestra perfectamente lo que es una sociedad enormemente superficial y vacía como una granada a la que le han arrancado su pulpa. Y es que lo que diferencia a las distopías de Orwell y los de su cuerda de las novelas de Hugo Wast o Soloviev es que las primeras suponen que las sociedades del futuro serán sometidas brutalmente por una dictadura implacable y más perfecta, pero evidente, mientras que las segundas sugieren que la amenaza final será sutil y engañosamente apetecible. 


No hay comentarios:

Publicar un comentario